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La Difunta Correa La Difunta Correa

Una madre valiente que desafió al
desierto para reunir a su familia.

La Difunta Correa

HISTORIA

Relato transmitido oralmente, de generación en generación, las primeras referencias escritas datan del año 1865. La mayoría de los relatos coincide en que María Antonia Deolinda Correa vivió en San Juan entre 1820 y 1841. Hija de Don Pedro Correa, pertenecía a una familia residente en la localidad de “La Majadita”, 9 de Julio, aunque hay versiones que la ubican en otros pueblos.
Deolinda se había casado con Baudilio Bustos y acababa de ser madre cuando el reclutamiento forzozo se llevó a su marido para los enfrentamientos que recrudecieron con la guerra civil en el siglo XIX.
Como muchas mujeres de su época, Deolinda quedó desprotegida ante el acoso de otros hombres y la amenazante presencia de las montoneras que arrasaban todo a su paso. Una madrugada, abandonó su pueblo para seguir a las tropas que llevaban a su marido y pedir clemencia por él. Cuentan los relatos que iba vestida de rojo para identificarse ante las partidas federales; que llevaba a su hijo en brazos; que eran pocas las provisiones que pudo cargar. El agua para sobrevivir en el desierto entre aguada y aguada la llevaba en dos chifles de cuerno.
Caminó hacia al este, hacia los llanos, las dunas, los arenales sin sombra. No había rutas ni caminos señalizados, sólo huellas que se borraban con el viento. Dicen que conocía la zona, porque había acompañado algunas veces a su padre.

El cansancio, el calor y la sed la vencieron. Desorientada, con sus últimas fuerzas trepó la cima de un cerro para divisar alguna población o indicios de agua, pero fue inútil. Murió de sed a pocos kilómetros de la aguada que estaba buscando.
Días después, unos arrieros encontraron el cuerpo sin vida de Deolinda. Su hijo, aún vivo, mamaba de sus pechos. Los arrieros rescataron al niño y enterraron a la joven madre. Se dice que quien la enterró tenía las manos con llagas, que desaparecieron al instante que colocó la cruz para señalizar su tumba. En 1898 una tormenta en esa misma travesía dispersó el ganado que el arriero Flavio Zeballos llevaba a Chile. En medio de la noche y cerca de la cruz que señalaba la tumba de la difunta que decían milagrosa, prometió construirle una capilla si recuperaba los animales. Así lo hizo y en esa primera construcción otros promesantes agradecidos comenzaron a dejar agua y distintas ofrendas.
Alrededor de la primera capilla, con el tiempo se levantaron cada vez más construcciones para albergar las donaciones, además de una precaria casa para el eventual cuidador. Con el tiempo, la gran afluencia de promesantes y ofrendas fue transformando este recóndito espacio en un complejo turístico de fe para recibir al creciente número de personas que llegan desde diferentes puntos del país y el mundo.

Deolinda Correa vivió en San Juan entre 1820 y 1841, se había casado con Baudilio Bustos y acababa de ser madre cuando el reclutamiento forzozo se llevó a su marido para los enfrentamientos que recrudecieron con la guerra civil en el siglo XIX. Como muchas mujeres de su época, Deolinda quedó desprotegida ante el acoso de otros hombres y la amenazante presencia de las montoneras que arrasaban todo a su paso. Una madrugada, abandonó su pueblo para seguir a las tropas que llevaban a su marido y pedir clemencia por él. Cuentan los relatos que llevaba a su hijo en brazos y que eran pocas las provisiones que pudo cargar. El cansancio, el calor y la sed la vencieron. Murió de sed a pocos kilómetros de la aguada que estaba buscando. Días después, unos arrieros encontraron el cuerpo sin vida de Deolinda. Su hijo, aún vivo, mamaba de sus pechos. Los arrieros rescataron al niño y enterraron a la joven madre. Se dice que quien la enterró tenía las manos con llagas, que desaparecieron al instante que colocó la cruz para señalizar su tumba. Con el tiempo, la gran afluencia de promesantes y ofrendas fue transformando este recóndito espacio en un complejo turístico de fe para recibir al creciente número de personas que llegan desde diferentes puntos del país y el mundo.

La Difunta Correa

Santuario.

Año 1940.

La Difunta Correa

Promesantes en el paraje.

1940-1950.

La Difunta Correa La Difunta Correa

Capilla Virgen del Carmen.

Construcción en la década de 1960.

La Difunta Correa

Las Capillas.

1965-1970.

LA TRAVESIA

Deolinda Correa. María Antonia Deolinda Correa. La difunta. La difuntita. ¿Quién fue esta mujer que protagoniza una de las devociones populares más convocantes de la Argentina? ¿Por qué el relato en torno de su vida y su muerte ha dado lugar a una creencia que trasciende fronteras y moviliza multitudes?

Su existencia ha sido un enigma para muchos investigadores. Los pocos documentos mencionados por la historia escrita no son comprobables en el presente.